29.9.13

#96

- Es el silbido - dijo Laila -; detesto ese maldito silbido más que cualquier otra cosa.
Tariq asintió con ademán comprensivo. No era tanto el silbido en sí, sino los segundos que transcurrían desde que empezaba hasta que se producía el impacto. Ese breve e interminable momento de suspense, de no saber. Esa espera, como la de un acusado apunto de oír el veredicto.
A menudo ocurría durante la comida, cuando babi y ella estaban sentados en la mesa. Al oír el sonido, levantaban la cabeza como un resorte, y lo escuchaban con el tenedor en el aire y sin masticar. Laila veía el reflejo de sus rostros en las ventanas y sus sombras inmóviles en la pared. Expulsaban entonces el aire, sabiendo que se había salvado de nuevo, mientras que en otra casa, entre gritos y nubes de humo, alguien escarbaba frenéticamente con las manos desnudas tratando de sacar entre los escombros lo que quedaba de una hermana, hermano o nieto.
Lo peor de haberse salvado era el tormento de preguntarse quién habría caído.

Mil soles espléndidos. Khaled Hosseini.

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