17.9.13

#95

Hace mucho tiempo que el hombre occidental perdió toda pureza natural innata, todo carácter salvaje. Excepto el instinto depredador. Todo hombre busca el propio placer, a costa de la sumisión de los mismos. El pez grande que se come al pequeño, sólo por el pecado capital que es la gula.

 ¿Pero qué hay del instinto hacia la conservación y la armonía con el medio? ¿Qué hay de ese instinto que poseen los animales, de besar y amar el suelo que pisan? Estamos perdiendo todo sentido del equilibrio. La armonía ya no existe bajo nuestra piel. Y ahí es donde nosotros creemos que empieza la civilización. No es necesario hacer que perdure nuestro medio, cuando podemos destruirlo y crear otro a base de hormigón. Nuestra convivencia se basa en intereses, que nos llevan a trabajos y a consumo, y a gastar. Gastar y destruir. Y seguir creando ciudades de usar y tirar.

Y mientras tanto, algunos intentamos renunciar a nuestra condición de ser humano, para poder dedicarnos a ser salvajes. 
La clave está en saber admirar los pequeños detalles. Cada gota de rocío que nos regala la madrugada. Cada mirada honorable y frágil, que nos demanda una milésima de atención, y de alguna manera nos llena de humanidad por un segundo. El sonido de las hojas de los árboles cuando sacude el viento. Las gotas de lluvia que caen a la ventana. El movimiento alegre de la cola de un perro o el ronroneo de un gato. El paseo por un campo y el vuelo ancestral del águila que lo sobrevuela. El agua correr. El violín de un músico callejero. Y el viento. Todo él. Y las estrellas, hasta saber que en el fondo somos polvo de ellas. Y así. 

Born to be wild

Nacimos para ser salvajes, 
nacimos para ser libres. 

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