4.3.13

#80

El sol brilla a lo alto del cielo, arropando con su calor, a todo ser y criatura que emana de la tierra, atravesando el agua cristalina del manantial, y corriendo por los verdes prados de la Tierra Santa.
 El rosal, rojo y radiante, lleno de preciosas rosas, gozaba con estos rayos, estirándose y meciéndose a los lados, mientras daba sombra a una de las lápidas del cementerio. Sus espinas, fuertes y doradas, reclamaban una protección y una fuerza contra los enemigos. Sus raíces, largas y eternas, dejaban huella en la tierra fértil, hasta llegar incluso al más profundo subsuelo. 

Pero estaba sólo, flotando en una contradicción de lo efímero y lo eterno en la vida. Quizás, como empiezan y acaban todas las cosas. Empiezas en la soledad, con tan sólo el esfuerzo y el sacrificio del trabajo, para acabar en soledad, en tan poco tiempo, y viendo el paso del tiempo. Para al fin y al cabo, acabar siendo eterno, formando parte de algo. De la tierra, de un corazón, de un pensamiento. 


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